Taller de escritura de Rafael García Espinol

De los sueños también vive un rico

Me llamo Francisco. Nací un 6 de Enero de 1943 en una aldea de ciento cincuenta habitantes. Éramos cuatro hermanos, tres chicos y una chica. Mis padres junto a mis hermanos labraban la tierra y llevaban 90 cabezas de ganado vacuno. Trabajaban de sol a sol descansando sólo lo imprescindible para recuperar fuerzas. Cuando  empecé a  hacerme un poquito mayor me iba con mi familia y al mismo tiempo que ayudaba aprendía el oficio que ellos realizaban durante todo el año. Era muy duro y sacrificado, ya que no teníamos ni  fines de semana ni vacaciones. Se trataba de un negocio familiar, por lo que no nos quedaba más remedio que dedicarle todo nuestro esfuerzo para  poder sacarlo adelante. Nuestra explotación abarcaba dos frentes, uno ganadero y otro agrícola.

Mis padres y hermanos querían que yo tuviese unos estudios, que estudiara una carrera. El trabajo en el campo era muy duro e inseguro. Mis padres, no podían prever el tiempo que mis hermanos estarían trabajando en él y ellos se harían mayores algún día. Ninguno de la familia tuvo la oportunidad de poder ir a la escuela, porque en esos años las posibilidades eran muy escasas. Lo único que se podía hacer era trabajar de sol a sol y no se disponía del tiempo más que para poder echarse algo al buche y descansar.

Les hice caso, empecé a estudiar y a la vez trabajaba los ratos libres que eran los fines de semana. Me los tomé muy a pecho. Sacaba muy buenas notas en todos los exámenes. Al ver que se me daban bien los estudios no paraba ni un minuto de quitar la vista de los libros, tanto que casi sin darme cuenta había terminado el bachillerato con una nota media tan alta como para que los  profesores me dieran la enhorabuena. Me aconsejaron que siguiera estudiando porque era un chico muy eficiente e inteligente.

Uno de mis profesores me preguntó:

  • ¿En qué trabaja tu familia?

Le contesté que en el campo, donde llevaban toda la vida. Mi profesor, amablemente entabló conmigo una conversación en la que me explicó que preparándome adecuadamente podría mejorar el negocio de la familia. Nunca olvidaré las dos proposiciones que me hizo:

  • ¿Por qué no te sacas la carrera de empresariales? Te ayudará a llevar adelante una empresa. Cuando termines te sería de mucha utilidad la de perito agrícola. Con las prácticas de las dos carreras tendrás la formación profesional ideal para una explotación como la que lleva a cabo tu familia. Podrás ser un buen agricultor y un buen ganadero; un buen empresario. Dispones de la base que se necesita para triunfar, o como mínimo para vivir dignamente dedicándote a lo que estamos hablando, ya que conoces el mundo del campo y de la agricultura. Te vendrían muchos proyectos a la mente, más de los que te puedes imaginar. Te lo digo por experiencia ya he tenido algunos alumnos como tú y al final se hicieron grandes empresarios, tuvieron mucho éxito.

Ni corto ni perezoso no me lo pensé. Llegué a mi casa, le di a mi familia la noticia y se pusieron muy contentos, pero claro sabían más que de sobra que me iba a tener que tirar algunos años fuera de casa. A mis hermanos les pareció muy bien. Mis padres tan graciosos saltaron:

  • ¡Cuando acabes de estudiar nosotros nos habremos jubilado!…, pero estaremos muy orgullosos de poder haberte tenido estudiando lo que a ti tanto te gusta.

Estuve todo el verano con  ellos y al llegar el otoño me fui a estudiar. Vendría sólo en vacaciones. Fue un siete de octubre cuando empecé mi andadura como estudiante en la universidad. Era buen alumno, aprendía todo lo que me propusiese a base de tirarme muchas horas sin dormir, sacaba unas notas excelentes, mientras que  los  compañeros se iban por la noche a tomarse algo yo me quedaba estudiando hasta la  madrugada, pero tenía claro una cosa: mis padres me habían inculcado una educación y una responsabilidad. Estaba obligado a realizar mis estudios lo mejor posible, de forma impecable, ya que a mis padres y a mis hermanos les estaba costando mucho sudor y algunas lágrimas, primero porque me lo estaban pagando de su trabajo y segundo porque me iba tirar muchos días sin verlos. Eso para mí era más importante que irme con mis compañeros a divertirme un poco, lo cual  no significaba que no saliese de vez en cuando con ellos porque también tenía que descansar y poder disfrutar un poco. Era muy joven. Cómo pasaban las semanas, los meses. Cuando quise darme cuenta, llevaba un año estudiando. Tuve mucha suerte con las notas, lo saque todo aprobado por lo que recuperar para el verano. Pude disfrutar de mi familia todo el tiempo. Llevaba tanto tiempo sin verla… Tuve tiempo de saborear los espléndidos potajes que hacía mi madre. Eran sumamente agradables las tertulias que echábamos mi padre, mis hermanos y yo sentados a la mesa a durante las comidas. A veces me emocionaba, me sentía tan a gusto que se me escapaba alguna lagrimilla que disimulaba convenientemente. Para mí era muy emocionante poder estar junto a las personas más importantes de mi vida: mi familia a la que tanto quería y de la que, cuando no estaba con ella, echaba de menos un beso, una caricia o un fuerte abrazo. Eran así, agradecidos y cariñosos y sobre todo con un corazón muy grande.

Tenía por costumbre levantarme el primero y ponerme con la faena del campo, me gustaba mucho y disfrutaba estando con toda  la familia  alrededor, les quería enseñar  unas cualidades que yo  había aprendido con uno de los profesores, el que me inculcó el virus positivo de la responsabilidad y la tenacidad para alcanzar las metas que con el trabajo nos propongamos.

Me decía:

  • Si queréis dar más rendimiento a vuestro negocio ya estáis una cuadrilla de personas, compaginaros en el trabajo para poder producir mejor la mercancía, seréis  más rápidos y no os pegareis esos panzones de trabajar que se pegaban los mayores en el campo, hacerlo así os costará menos trabajo.

Me puse manos a la obra. Empecé a tener una conversación con mi familia sobre nuestro negocio y les pareció perfecto.

Cuando llevábamos un mes en el campo trabajando se había notado la producción y el tiempo que echábamos en recoger los alimentos o en dar de comer a los animales. Yo no podía creer lo bien que estaba saliendo todo. La familia estaba muy contenta del trabajo que  estábamos  realizando entre todos porque la verdad es que habíamos ganado mucho en calidad de trabajo y también en producción. Qué pena, se estaba pasando el verano y a mí me quedaban los días contados de estar con los míos. Mi padre antes de que me fuese decidió que fuéramos a  comprar nueva  maquinaria para el campo, la que teníamos estaba muy deteriorada y había que modernizarse, entonces decidimos ir todos para  verla. La verdad es que nos hizo mucha ilusión el ver todo el procedimiento que tenía cada una de las máquinas, empezamos a gestionarlo con el vendedor y nos lo llevó todo a la explotación. Hicimos una buena compra y la verdad es que nos salió muy rentable. El señor que nos atendió se portó muy bien y pudimos pagarlo todo en unos plazos muy cómodos y sin agobiarnos.

Se terminó el verano y a los pocos días me tuve que ir de nuevo a seguir estudiando mi segundo año de carrera. Seguí con mi táctica de siempre: no parar ni un minuto de seguir formándome, atento a todo lo que decían los profesores. Tenía que ir avanzando a pasos de gigante porque yo lo que quería era poder acabar cuanto antes mejor para luego seguir con hasta mi última meta. Poder estar con los míos. Así fue, cuanto más horas me tiraba estudiando más corto se me hacia el tiempo. No me lo creía ni yo. Terminé mi carrera de empresariales en tres años con una nota muy alta. Todos mis profesores me dieron la enhorabuena y les di las gracias por haberse portado tan bien conmigo.

Estaría unos meses descansando en casa y a la vez empecé con algunos de mis hermanos y mis padres a hacer gestiones con empresarios para que les llevásemos  alimentos frescos y del día a comercios pequeños de los pueblos que teníamos  alrededor de la aldea. Estuvimos hablando sobre nuestro ganado. Este proyecto lo veríamos cuando por fin acabase todos mis estudios.

Dio resultado todo lo que hablé con mi familia. Nos salieron muchos clientes pues  empezamos a llevarle a cada dueño de los comercios nuestras verduras. Estaban muy contentos. Mi padre tuvo una idea muy buena y la estuvo gestionando conmigo; sería comprar un pequeño camión y meter a un chico de la calle. Cada vez iba a haber  más trabajo y alguien de la familia lo tenía que hacer. Se trataba de poder repartir los alimentos que producíamos. Este chico que empleáremos se quedaría en el campo para ayudar a mis hermanos.

Los meses de descanso se terminaron. Me fui a seguir estudiando, pero me fui muy contento y los míos estaban más tranquilos al ver que el negocio iba saliendo adelante.

 

Tendría compañeros y profesores nuevos y esta carrera que empezaba me tenía del todo ilusionado porque iba a poder formarme en un oficio que yo había aprendido desde muy pequeño, iba a tener la oportunidad que muchas personas no tuvieron en su día: el poder tener esta carrera que te permitiera saber todo sobre el campo. Sería algo mágico y reconfortable. Todos los días aprendía algo nuevo…, qué productos se echaban cuando tenías una cosecha de verduras o de maíz…, o algo tan simple como las fechas del año idóneas para que plantar las cosechas de cereales. Yo cada día me hacía un resumen de todas las lecciones que aprendía diariariamente para poder guardarlas en una carpeta y poder construir con ellas un fichero que me sirviese  en un futuro, y me ayudara a  gestionar mi propio trabajo. Aprendía a hacer mis propios proyectos, dependiendo solamente de nosotros mismos sin necesidad de asesorarnos de nadie pero abiertos a las sugerencias útiles, en pocas palabras, perfeccionaba mi formación empresarial. Yo empezaría a pensar en cómo rentabilizar el negocio de los míos. El profesor que nos dirigía en el proyecto de fin de carrera nos decía que nos esmeráramos en la confección del mismo, ya que esto serviría lo que mejorar la nota final de la misma, no por la calificación en sí, sino por la utilidad y futura aplicación a la realidad de los conocimientos adquiridos. No paraba de sacarme ideas de la manga. Tenía escritas más de veinte páginas y no paraba de escribir, me paraba a leer todo lo que había escrito desde el principio. Yo estaba dándome  cuenta de una cosa, mientras más escribía más me gustaba. Era como si tuviese el negocio ya levantado y lo  único que me quedara es ponerme manos a la obra.

Llegó un día muy especial para nosotros, nos llevó a toda la clase a poder ver unas  tierras. Allí nos encontramos más de diez viveros plantados de zanahorias pepinos, lechugas, etc… A mí se me ponían los ojos como platos, el empresario empezó a explicarnos en que fechas se plantaba cada alimento y de qué forma había que hacerlo, a la vez nos explicaba todos los costes que llevaba la producción y qué tratamientos se les debía de hacer para que no se pusiera la planta enferma. Empezó a explicarnos que ellos repartían sus alimentos por toda Andalucía. Tenían a más de diez personas trabajando  sin contar a su familia que eran cuatro con él. En ese momento yo me estaba quedando del todo sorprendido, porque este señor tenía más o menos el negocio  parecido al de mi familia, mi profesor se quedó mirándome ya que intuía que yo trabajaba en este sector de la agricultura. Me comentó a solas que podría charlar con el  empresario de lo que yo quisiera saber y así lo decidí. Me enseñó todas las instalaciones del campo mientras que mis compañeros se quedaban almorzando por allí. El señor tan amable me dijo todo lo que se necesitaba, primero para poder tener unas tierras adecuadas y segundo para plantar unas verduras u otras; por último los costes aproximados que tendría, de qué forma se realizaba la producción y cómo se llevaba a los clientes. Empecé a decirle que en nuestra familia teníamos un negocio muy parecido al suyo pero no era ni mucho menos tan bien organizado como el suyo. El empresario fue tan simpático y amable que me dio un tipo de lecciones que me servirían para mejorar el negocio y poder expandirlo. Era mi ilusión. Yo tenía la costumbre de llevar siempre una libreta y un bolígrafo y decidí apuntar todo lo que me decía. Me enseño mucho más de lo que me podía imaginar. Después de haber estado charlando más de dos horas con este señor me dio su número de teléfono por si alguna vez necesitaba algo de él. Me despedí y le di las gracias por lo que me enseño y lo amable que había sido conmigo.

Me hizo mucha gracia porque mi profesor me decía:

  • ¡Pero bueno…, has tenido que aprender mucho de este señor, porque te has tirado más de dos horas ablando con él!
  • ¡Pues sí este señor ha sido muy simpático conmigo y me ha enseñado de todo un poco¡ Todo se lo debo a usted por habernos llevado a esta magnífica explotación agrícola.
  • Muchacho no me tienes que dar las gracias ni mucho menos esto forma parte de mi trabajo. He visto que pones mucho empeño en tu carrera y sé que superarás el reto con creces. No tengo la menor duda de que serás empresario formidable.

En ese momento me estaba quedando en Babia porque me había leído el pensamiento. Era mi sueño y lo estaba consiguiendo poquito a poco.

No pasaba un día en que no me acordase de mis padres y hermanos. Cuando me ponía estudiar algún tema sobre el campo los tenía todo el día en la mente. ¿Cómo se puede echar tanto de menos a la familia? Tanto tiempo separado de ellos y a la vez tan lejos.

Me imaginaba que me hacía empresario como mis padres pero con mejores recursos, más preparado y haciendo una carrera por todo lo alto que desarrollaba al máximo lo que a mí me enseñaron de pequeño. Pensaba ilusionado que lo que estaba aprendiendo podía ponerlo en práctica en un futuro próximo.

Me iba quedando muy poco para acabar la carrera y ahora venía lo más difícil que serían los últimos exámenes y la presentación del proyecto. No me preocupaba el trabajo y lo hacía con mucha ilusión, pues pensaba que podría llegar a ser uno de los mejores empresarios de agricultura de toda Andalucía. Algo de práctica ya la tenía con lo que mi padre y hermanos me enseñaron de pequeño y de teoría tenía toda la que se puede obtener estudiando en una de las facultades agrícolas del país.

Reordené todos mis apuntes. Los que había elaborado a diario. Veía claramente cómo podría crear mi propia empresa. Me decía a mí mismo que podría adquirir un nivel bastante grande. Empecé con la elaboración del proyecto. Con todas las ideas que tenía después de tantas horas de estudio y lo que sabía de haber trabajado en el campo desde pequeño comencé por elaborar un guion que me indicaba los aspectos fundamentales de la empresa que tenía en mente proyectar. Manos a la obra. Nos daban de tiempo aproximadamente treinta y cinco días. Me propuse terminar en menos de treinta para después releerlo, corregir y consultar todo lo que me pareciese oportuno. No estaba dispuesto a cometer ningún fallo que estuviese en mi mano evitar. Me propuse presentar el mejor proyecto.

No paraba ni un minuto, solamente a la hora de merendar y cenar. Me ponía a escribir y escribir y mirando todo lo que hacía para no cometer ni un fallo.

Después de tantas palabras escritas pude rellenar más de trescientos folios y terminé el proyecto de fin de carrera a los veintinueve días de haberlo iniciado, a las cuatro de la mañana pude terminar el último párrafo de las conclusiones finales.

Llegó el día de la presentación de todos los trabajos que habíamos hecho. El profesor los estuvo mirando con lupa y tardó una semana en corregirlos.

Respecto a mi trabajo, el profesor me dijo que era excepcional y que era la primera vez que tenía en sus manos un trabajo tan completo.

Yo no me creía todo lo que estaba escuchando. La verdad sea dicha, es que había trabajado muy duro para poder sacar una buena nota y sí, lo había conseguido.

Mi carrera en la universidad estaba terminada. Una mañana decidí ir a desayunar a la cafetería de la facultad, en esos momentos entró mi profesor por la puerta y vi que se llevó una sorpresa al verme. Acercándose a mí me dice:

  • ¡Joven me alegro de verlo por aquí, pero más me he alegrado de ver su trabajo!  Le tengo que dar mis sinceras felicitaciones usted ha trabajado muy duro y a realizado un magnífico proyecto, por esta razón le he puesto la mayor nota que se le puede poner, diez, y más porque no se puede si no se la hubiese puesto. Va a ser el único estudiante en muchos años que saque una carrera con la nota más alta de toda la facultad. Es la primera vez que he tenido entre mis manos un trabajo así.

En ese momento mi corazón dio un vuelco y no supe lo que decir, de alegría y emoción. Tardé unos interminables segundos en controlarme. El profesor me ayudó diciéndome:

  • ¿Usted todo lo que ha escrito lo ha vivido en la realidad verdad?
  • Sí señor yo he estado desde que era muy jovencito trabajando en el campo.
  • Se nota joven. Le tengo que dar la enhorabuena porque usted a ha sido la persona que ha sacado la nota más alta. Sin menospreciar a nadie, ¡ha sido el mejor!

Mientras lo invitaba a café le conté todos los proyectos que haría en mi vida y de la forma en que los iba a gestionar.

Me quede una semana más. Volví a casa con unas notas  ejemplares. Llegué a mi casa de madrugada, me acosté y al amanecer les di una sorpresa muy grande a todos, no podía estar más contento. Estar con los míos y poder contarles que había terminado mi carrera con una de las mejores notas y que se me dio todo muy bien.

Después de descansar unos días me puse manos a la obra. Lo primero que decidí fue hablar con mi familia del negocio que quería hacer junto a ellos y me dieron su aprobación. Empecé a mover hilos con empresarios minoristas y mayoristas  a muchos de los cuales ya eran clientes nuestros. Mi padre y mi hermano mayor se irían conmigo para que se vieran el funcionamiento de otras empresas del mismo tipo que la nuestra a las que no les haríamos la competencia; vieron una forma moderna de explotar los productos agrícolas y ganaderos. Fue una semana fuera de casa, yo tenía mucha ilusión por tener el negocio a flote y crear muchos puestos de trabajo. Pudimos ir a grandes y pequeñas superficies, hicimos más de ciento cuarenta contactos con empresarios a los que dijimos que todo esto podríamos estar funcionando en seis meses.

De vuelta a casa me puse a planificar la empresa. Estuve varios días diseñando el funcionamiento de la industria. Lo que íbamos a producir, Las instalaciones necesarias, los edificios que necesitábamos para el proceso de comercialización, los almacenes necesarios con su infraestructura, la maquinaria adecuada, los trabajadores que tendríamos que contratar y la cantidad de terreno que tendríamos que alquilar o comprar porque con los que teníamos no nos daba para tanto. Me acordé de este buen señor empresario que tantos consejos me daba, lo llame y vino a nuestra casa. Estuvo tres días ayudándonos en todas las gestiones que necesitaba este negocio que quería agrandar junto a  los míos. Me pudo enseñar todo lo que se hace  desde el principio de un magnifico negocio como este. Yo seguía con la costumbre de coger mi libreta y mi bolígrafo, lo apuntaba todo para coger referencia y aprender todo lo que pudiera.

Pasaría un mes hasta que hicimos todo tipo de gestiones, comprar unas tierras, contratar a personal o tener a nuestro alcance más maquinaria. Fue todo sobre ruedas ya al cabo de pocos meses ya por fin teníamos nuestros clientes hechos. No dábamos abasto. Nos habíamos metido en mucho trabajo. Tuvimos que contratar a más personal tenía  que comprar nueva maquinaria y tierras de nuevo. Mi familia estuvo hablando conmigo y me dijeron que mis padres se querían jubilar, que eran ya mayores y estaban muy cansados, tenían cada uno setenta y dos años y habían empezado a trabajar el campo con siete, entonces decidimos mis hermanos y yo que ya era hora de quedarse en su cortijo y poder descansar. Mis padres al jubilarse decidieron partir la herencia para sus hijos de modo que cada uno de nosotros tuviésemos lo que nos correspondía. Después de unos  meses  mis hermanos me dijeron que ya no iban a poder estar trabajando conmigo, lo habían pensado mejor y querían tener sus propias tierras y ganado, Cada uno de mis hermanos hizo su vida, quedándose con la proporción de cabezas de ganado que les correspondía y lo que fue la agricultura me la dejaron toda para mí. Yo me quedé  con el negocio. Yo lo pase fatal al quedarme solo, pero seguí adelante.

Pasé a ser un empresario muy ambicioso y aposté muy fuerte. Me estaba haciendo millonario sin notarlo. Mi producción era de tanta calidad que me salían todos los días nuevos clientes. Yo no quería parar. Seguí adelante con mis clientes no paraba ni un minuto cada vez tenía más trabajo. Llegó un momento en el que decidí ampliar mi propia producción de leche, y compré más ganado que sumé al que me correspondió después de la partición. Tenía que producir más y lo conseguí. Ya era capaz de abastecer a la numerosa clientela que tenía entre comercios y grandes superficies. Me estaba quedando sorprendido por el negocio tan grande que había creado. La verdad que echando números una noche me di cuenta; se habían multiplicado mi capital y mi negocio. Me había hecho multimillonario.

Después de cinco años que llevaba con el negocio tuve una mala noticia mis padres fallecieron los dos ya con una edad bastante avanzada, mis hermanos vivían cada uno en un sitio diferente y mis padres estuvieron viviendo algunos años con el mayor; él fue el que me dio la triste noticia.

Pasaban los años sin darme cuenta, yo  no paraba de trabajar, durante muchas horas al día. Apenas descansaba y dormía muy poco.

Después de ganar tantos millones como ganaba al año, empezaron a decaer las ventas,  vinieron unos años bastante malos para mí. Empezaron a cerrarse los comercios pequeños, que eran los que más productos agrícolas consumían. Abrieron grandes almacenes por toda España. Cuando yo empecé había muy pocas grandes superficies y muchas pequeñas tiendas y supermercados de mediana magnitud pero al cabo de los años se habían creado cadenas inmensas de producción y abastecimiento que absorbían a las pequeñas lo que produjo el cierre de los pequeños  y medianos comercios. A mí no me podía estar pasando esto. Bajaron las ventas de mi negocio más de un setenta por ciento y eso significaba que me estaba arruinando sin darme cuenta. Todo lo que me había costado llevar mi negocio adelante se estaba viniendo abajo. No tenía bastante con lo que me estaba pasando, que sacaron nuevas normativas para las empresas agrícolas y ganaderas muy exigentes. Cuál sería mi sorpresa cuando echando números comprobé que mi empresa daba pérdidas continuas una vez satisfechos los impuestos a los que tenía que hacer frente por lo tierra. Lo que fue peor es que por la feroz competencia del mercado exterior, el precio del litro de leche no me cubría ni el coste. A más producción menos beneficio.

Lo poco que estaba ganando se lo comían los impuestos, el mantenimiento de la maquinaria que había que hacer semanalmente, los trabajadores que tenia a mi cargo, la cantidad de tierras que tenía en mi poder y las cabezas de ganado que había comprado. No tenía para mantenerlo todo.

Me vino un trabajador una noche, era el que se encargaba de distribuir toda la mercancía, y me dijo:

– Francisco le tengo que darle una noticia bastante desagradable, me han dicho en las grandes superficies que son clientes, que el contrato que tenemos con ellos ha terminado y que ya no les interesa trabajar más con nosotros. Desde ahora les va a trabajar una empresa alemana que les es más rentable.

Yo a partir de ese momento no sabía lo que hacer. Pasé varias semanas pensando, echando cuentas. Ahora sí es verdad que me había arruinado por completo. Todo lo que había ganado había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. Llegué a tener más de diez chalets para alquilarlos. Todo lo que ganaba lo invertía en tierras o inmuebles rurales. No daba crédito ninguno, me estaba quedando sin mis propiedades. En ese momento estaba con una mano delante y otra detrás, me lo habían quitado todo porque no podía seguir amortizando mis deudas.

Llamaría a mis hermanos para explicarle todo lo sucedido, les dije que me lo habían quitado todo, me había arruinado por ser tan avaricioso y quererme  hacerme rico en cuatro días. No supe valorar a mi familia y tampoco quería ver la cantidad de dinero que estaba despilfarrando y todo por hacerme rico. Mi hermano mayor se portó muy bien conmigo, me dijo que me fuese a vivir con él, no me iba faltar ni techo ni comida.

Uno porque este ganando muchos dineros no puede pensar en seguir ganando más y más. Como dice el refrán, y en mí se cumplió por mi mala cabeza, la avaricia rompe el saco. De tenerlo todo en la vida me pasé a no tener nada, ni dinero, ni tierras, ni inmuebles y maquinaria. Me quedé en la calle.

Lo más importante en la vida, aparte de la salud, es la familia. Yo tenía una familia buena, responsable y trabajadora, no supe valorar  lo que más falta me hacía hasta que la perdí, pero tuve otra gran suerte nuevamente. Uno de mis hermanos me abrió las puertas de su casa, nos pudimos juntar de nuevo toda la familia. Yo empezaría de nuevo  a vivir una vida feliz junto a todos mis hermanos y poder trabajar con mi hermano mayor, pero… ¡cuánto echábamos de menos a nuestros padres!

Pozoblanco, 8 de enero de 2017.

 

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